miércoles, 7 de mayo de 2014



LAS MANOS EN LA PIEL

John Collier
Dos manos. Sólo eso. Dos manos para hacer tu cuerpo hecho. No los dedos, sino las manos. Precisamente las palmas de esas manos. Desde las líneas que trazan futuros inconclusos, desde esas líneas irán brotando tus contornos. Del centro de las palmas haré la carne de tu cuerpo. Apoyaré mis manos en tu pecho y te crecerán los senos. Pondré mis manos debajo de tu cintura y las arrastraré apareciendo tus muslos, tus piernas, la sutileza de tus pies, pequeños y adormecidos.
Sólo una mano que sean dos que sea entonces la creación de mi Eva, de tú Eva, de nuestras Evas, eróticas y manantiales, agitándose en horas sin tiempos, en tiempos sin legados. Sólo hacerte para hacerme, y que me hagas para coronar las noches densas, noches sin humo, sin literatura, noches de inútiles esquemas.
Entonces tus lunas agitándose en las manos que te crearon. Tus piernas como guacamayos emplumados, azulesrojas, tus piernas temblando en su intrépido delirio. De pronto en cuanto quiero: apoyo mi mano debajo de tu nariz y nace una boca que gime. Te invento manos que se prenden de mi espalda como el agua de las rocas. Muerdo mis palmas y te soplo ojos en tu rostro. Me miras en la oscuridad. Yo veo detrás de ellos, me hundo en ellos: entrando en un infierno donde todo esta hecho con tu cuerpo, un trono donde descansa tu plena perversidad, virtud que sólo dejas salir cuando mis manos hacen de tu cuerpo lo que en libertad eres: una perra sin paraíso.



Juan Facundo Herrador

«Doretuá»


miércoles, 30 de abril de 2014


«TRES PROSAS POÉTICAS»





• IMAGINE UNA VIDA ASÍ •

Imagínelo. Un pájaro entre hierros, colgado desde una nube. Imagínese. Un pez entre cristales, sumido en la profunda mar. Siéntalo, jadéelo. Un leopardo amarrado al solitario árbol de la sabana. Ahora considere: a los desafortunados se les ha subyugado sus mayores virtudes. Como que si de pronto usted viviera en un mundo donde el hombre tenga por prohibido la gracia de Soñar.





• ABEJAS •


Oh mira esas abejas: se obsesionan, ahí van, atacan esa botella de gaseosa que ha quedado abierta, quieren lo dulce, se ambicionan, allí van dos, tres, ya son seis y caen dentro de la botella. Se ahogan con el poco líquido espeso que allí les queda. No piensan, están ciegas, y ahora van quince, veinte, ya son cincuenta abejas y cuarenta y dos caen dentro de la botella, y otras más, y así van cayendo todas mientras las demás observan, y no hacen nada, sólo van ambiciosas y otra vez, unas cuantas más vuelven a caer... pobres abejas, pobres, que ilusas: con las flores eso no les pasa.





• MALCRECER •

Hay un silencio que huye, ligero y sagaz, de las manos de las noches. Un silencio en forma de humo que escapa, empujado por los gritos que nos dan las desgracias. Noche-inolvidable-noche. Bocas en las palmas de las manos gritando al taparnos los oídos. No es que sienta odio o sienta amor. Tormento. Tormento siento al avivar la muerte del silencio. Alarido eterno de una calle vacía. Botella rota en la frente desprevenida. Involuntario impulso de derribarse al suelo, retorcerse, girar en círculo, impotente de oír los gritos de las palmas, los gritos de las líneas temerosas del futuro. Arrastrase por el suelo, llevar de lleno la espalda en la pared, temblar íntimamente, temblar las rodillas pegadas al pecho, sacudir los ojos, sacudirlos ansiosos e impotentes. Oh mi noche sin pianos, mi noche sin cafés ni olor a libros viejos. ¿Dónde quedó la idea de que tu voz podría recuperarme? ¿En donde está el sol que mirábamos desde un barranco? Ese sol que caía con los besos de la tarde, ese sol que nos daba los eneros inmudables, los abriles, los sueños de los arboles rapados, el guardapolvo, tu mano pequeña, tu mano sin labios, tu mano sin gritos, tu pequeña mano curtida por la invariable suerte de la divina y bendita ingenuidad…




                                                                                                                          Juan Facundo Herrador
                                                                                                           
                                                                                                                          

martes, 29 de abril de 2014

CABALLO CALLEJERO

«Y el fantasma tuyo sobre todo»
           
La dama a caballo - Alfred Kubin
Lo esperaba todas las noches. Llegaba siempre cerca de las dos de la mañana. Estanislao miró el reloj: era la una y cinco. Se paseó en la oscuridad de su casa, nervioso, pensante, haciendo crujir el suelo de madera. Puso a girar un disco en el Gramófono, las ondas de los violines levantaban el polvillo asentado en los muebles. Toda su casa era una pocilga polvorienta.

No muy lejos, en la cocina, silbaba la pava. Se preparó un café y regresó a sentarse en su sofá cubierto por telas viejas; algo de polvo voló por sus costados. Bebió el café temblando, oyendo el ronroneo de su gato que, gozoso, restregaba su lomo contra una pila de libros viejos sobre el piso. Siguió rastreando por lo bajo en la penumbra de su casa: diarios tostados de sol encimados en varias partes, pedazos de pétalos secos salpicando la casa en su totalidad, un violín roto de hace tiempo bajo el sillón de terciopelo verde. Sorbió otra vez el café y al mirar el reloj de bronce ya eran las y media. Era momento de prepararse. Se acercó hacia el íntimo espejo de siempre, encendió dos velas, engominó su cabello hacia la nuca, peinó sus bigotes, se buscó incansablemente los perfiles de su barba, suspiró profundo, enamoradamente nervioso. Caminó hacia el perchero testigo, tomó un sombrero negro de terciopelo, sin polvo, luego se metió en su seleccionado traje de gala. Ya era las menos diez. Bailó junto al aire, copiando los movimientos que le inspiraban los violines dispersos, buscando olvidarse de las cosquillas que reinaban en su panza. Se perfumó las manos, detrás de las orejas, en toda su elegancia, soltó perfume al aire y zambulló su rostro vacilante. Ahora: las menos cinco. Juntó valor aspirando fuerte, como si necesitara del mundo para tener coraje. Apagó las velas con una caricia de aire y enderezando su cuerpo salió hacia la calle para esperarlo.

La noche era una sola luna redonda y amarilla que teñía las copas de los árboles.

Cruzó el sendero de piedras de su jardín, cortó las rosas necesarias: una la puso en la solapa de su traje azul, la otra la mantuvo en la mano. Llegó hacia la verja sin rejas y se sentó cuidadosamente. El caballo, esquelético, dobló en la esquina, tambaleándose. Llevaba su cabeza gacha, resoplaba una espuma blanca y olorosa, y sus piernas le trastabillaban llenas de debilidad. Estanislao no se sorprendió, siempre andaba así, merodeando el pueblo, hurgando en bolsas de basura, arrastrándose en los días de tormenta para dormir bajo los camiones.

Ahora estaba llegando hacia la casa de Estanislao, éste, indiferente, estiró su brazo hacia un costado, volteando la cara hacia el lado opuesto, aguantando el aire para no respirar su apestoso olor. El caballo avanzó torpemente, con su cuerpo inclinado hacia la izquierda. Mantuvo la mano suspendida hasta que, como siempre, el caballo, desganado, atrapó desde el tallo la rosa enamorada. Estanislao regresó su mano velozmente hacia su pecho, se movió con torpeza hacia su jardín y aspiró un aire digno. El caballo siguió, sin detenerse, por la calle de tierra. Llevaba la rosa en su boca, resopló algunas veces en la ventanilla de un Peugeot pero Estanislao lo animó insolente para que avanzara. Se quedó mirándolo, mordiéndose las uñas, observando como se iba perdiendo en la oscuridad del camino ya sin postes de luces. Ahora, más nervioso que nunca, entró en su casa, arrojó el sombrero hacia el sofá, comenzó a desvestirse con culpa, sintiendo el aroma de su perfume y llenándose de rabia, sabiendo que lo había usado al vicio, que no había tenido sentido prepararse tanto, pisoteaba la rosa de la solapa lleno de furia, despedazándola con la punta de sus zapatos, tiñendo la madera gastada, arrojó los zapatos contra los adornos, pateó la pila de diarios, puso sus manos en la cabeza y se alejó llevando su espalda contra la pared, temblando de impotencia, sus dientes se chocaban llenos de cobardía, pensó en soltarse de rodillas al suelo y de a gatas abrir el cajón para buscar la foto de su amada, pero no tuvo ni siquiera ese coraje.