martes, 29 de abril de 2014

CABALLO CALLEJERO

«Y el fantasma tuyo sobre todo»
           
La dama a caballo - Alfred Kubin
Lo esperaba todas las noches. Llegaba siempre cerca de las dos de la mañana. Estanislao miró el reloj: era la una y cinco. Se paseó en la oscuridad de su casa, nervioso, pensante, haciendo crujir el suelo de madera. Puso a girar un disco en el Gramófono, las ondas de los violines levantaban el polvillo asentado en los muebles. Toda su casa era una pocilga polvorienta.

No muy lejos, en la cocina, silbaba la pava. Se preparó un café y regresó a sentarse en su sofá cubierto por telas viejas; algo de polvo voló por sus costados. Bebió el café temblando, oyendo el ronroneo de su gato que, gozoso, restregaba su lomo contra una pila de libros viejos sobre el piso. Siguió rastreando por lo bajo en la penumbra de su casa: diarios tostados de sol encimados en varias partes, pedazos de pétalos secos salpicando la casa en su totalidad, un violín roto de hace tiempo bajo el sillón de terciopelo verde. Sorbió otra vez el café y al mirar el reloj de bronce ya eran las y media. Era momento de prepararse. Se acercó hacia el íntimo espejo de siempre, encendió dos velas, engominó su cabello hacia la nuca, peinó sus bigotes, se buscó incansablemente los perfiles de su barba, suspiró profundo, enamoradamente nervioso. Caminó hacia el perchero testigo, tomó un sombrero negro de terciopelo, sin polvo, luego se metió en su seleccionado traje de gala. Ya era las menos diez. Bailó junto al aire, copiando los movimientos que le inspiraban los violines dispersos, buscando olvidarse de las cosquillas que reinaban en su panza. Se perfumó las manos, detrás de las orejas, en toda su elegancia, soltó perfume al aire y zambulló su rostro vacilante. Ahora: las menos cinco. Juntó valor aspirando fuerte, como si necesitara del mundo para tener coraje. Apagó las velas con una caricia de aire y enderezando su cuerpo salió hacia la calle para esperarlo.

La noche era una sola luna redonda y amarilla que teñía las copas de los árboles.

Cruzó el sendero de piedras de su jardín, cortó las rosas necesarias: una la puso en la solapa de su traje azul, la otra la mantuvo en la mano. Llegó hacia la verja sin rejas y se sentó cuidadosamente. El caballo, esquelético, dobló en la esquina, tambaleándose. Llevaba su cabeza gacha, resoplaba una espuma blanca y olorosa, y sus piernas le trastabillaban llenas de debilidad. Estanislao no se sorprendió, siempre andaba así, merodeando el pueblo, hurgando en bolsas de basura, arrastrándose en los días de tormenta para dormir bajo los camiones.

Ahora estaba llegando hacia la casa de Estanislao, éste, indiferente, estiró su brazo hacia un costado, volteando la cara hacia el lado opuesto, aguantando el aire para no respirar su apestoso olor. El caballo avanzó torpemente, con su cuerpo inclinado hacia la izquierda. Mantuvo la mano suspendida hasta que, como siempre, el caballo, desganado, atrapó desde el tallo la rosa enamorada. Estanislao regresó su mano velozmente hacia su pecho, se movió con torpeza hacia su jardín y aspiró un aire digno. El caballo siguió, sin detenerse, por la calle de tierra. Llevaba la rosa en su boca, resopló algunas veces en la ventanilla de un Peugeot pero Estanislao lo animó insolente para que avanzara. Se quedó mirándolo, mordiéndose las uñas, observando como se iba perdiendo en la oscuridad del camino ya sin postes de luces. Ahora, más nervioso que nunca, entró en su casa, arrojó el sombrero hacia el sofá, comenzó a desvestirse con culpa, sintiendo el aroma de su perfume y llenándose de rabia, sabiendo que lo había usado al vicio, que no había tenido sentido prepararse tanto, pisoteaba la rosa de la solapa lleno de furia, despedazándola con la punta de sus zapatos, tiñendo la madera gastada, arrojó los zapatos contra los adornos, pateó la pila de diarios, puso sus manos en la cabeza y se alejó llevando su espalda contra la pared, temblando de impotencia, sus dientes se chocaban llenos de cobardía, pensó en soltarse de rodillas al suelo y de a gatas abrir el cajón para buscar la foto de su amada, pero no tuvo ni siquiera ese coraje.


19 comentarios:

  1. Bellisimo tu texto
    te aconsejo dividirlo en dos presentaciones como lo hice yo
    es mas facil de leerlo y comentar
    Un abrazo enorme desde este lado de la luna


    Y te sigo leyendo y disfrutando

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  2. Interesante prosa y desenlace,
    persevera.

    Saludos.

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  3. Bello trabalho literário.
    Un saludo desde Brasil

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  4. Magnifico relato, detallado, permite al lector revivir el ambiente. Final inesperado
    Abrazos

    PD ingresa los seguidores asi podemos encontrar con facilidad el camino

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  5. Detalles que cuentan un final que nadie espera!

    saludos

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  6. Te deseo que diseñes un camino creativo en el que logres disfrutar entrelazando las palabras con armonía porque ello llevará a que disfruten también las personas que te lean.

    Un abrazo.

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  7. Impecable uso del lenguaje. Dará gusto leerte. Un abrazo.

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  8. Con las diferencias respectivas de género, su prosa me recuerda la buena literatura de George Simenon. Saludos.

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  9. Un texto precioso, Doretuá. Es fácil situarse en esa habitación y respirar el polvo que mueve el gramófono :)
    Un beso

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  10. !Me encanto ! gracias por compartir tu arte . Saludos

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  11. Veo que dominas la técnica del relato. Te dese mucha suerte en este mundo de comunicación virtual.
    Saludos muy cordiales

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  12. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  13. Una narrativa con oficio, con un gran contenido poético existencial. Me gusta mucho, me siento atrapado por las imágenes y los argumentos. Las prosas poéticas son magníficas. Felicidades, amigo. Un abrazo.

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